Monarquía vs. Anarquía

Por Alejo Ruiz

Momentos que marcan la historia, un instante en las vidas de Freddie Mercury y Sid Vicious

La historia no sigue una línea recta. El movimiento del hombre no significa un progreso indefinido hacia el horizonte. Quizás es por eso que esto será una repetición, no de la misma anécdota, sino del momento preciso en que el porvenir abre una brecha en la idea de tiempo y pone en primer plano que las explosiones son las que generan el movimiento. Construcción, destrucción y quién sabe que volverá a surgir sobre las cenizas de aquel fénix marchito.

Pero como sí suele ocurrir, las décadas, los siglos, las eras, son tomadas por historiadores, críticos, analistas, filósofos, que muchas veces olvidan el detalle trascendental de que los movimientos populares como la música y los efímeros instantes –Rastros de Carmín-, puede echar luz sobre los momentos más oscuros y funcionar como sombrilla para tapar el brillo de los flashes y los espejos de colores que intentan disfrazar de victoria las derrotas, o vender gato por liebre para hacernos creer que no hay historias sino puntos de vista.

Lejos en el tiempo sigue resonando la voz de un hombre sabio que afirmó sin que le temblara el pulso que Anarchy in the U.K., al igual que Like a Rolling Stone, no era otra cosa que una promesa, una promesa de que algo se estaba asomando por la ventana y probablemente tomaría tu casa en diez segundos, antes incluso de que tuvieras tiempo para dar vuelta.

A mediados de 1800, la iglesia gótica San Agustín, angélica y evangélica por excelencia, crecía de una semilla plantada por el aporte de sus contribuyentes, en el Highbury New Park de Londres. Una colectividad religiosa comenzaba su trabajo comunitario, de instrucción ética y moral vanguardista, como de costumbre, sin recibir notificación alguna de que 96 años más tarde alojaría al autoproclamado anticristo y a uno de los principales referentes homosexuales de la historia en sus más sagrados rincones.

Lo que alguna vez fue un santuario para pocos devendría en 1960 en un bigbang para ruidosas multitudes. Uno de los estudios de grabación más importantes se apropiaría de este espacio en lo que hoy, con una mirada retrospectiva, nos podría llegar a parecer una mera burla del destino, pero que no fue otra cosa que una justificada toma de propiedad por parte de los protagonistas de la cultura inglesa del momento.

En el verano de 1977, el estudio Wessex fue testigo también de esa promesa. Los sonidos de botas nazis, el deseo de olvidar las vacaciones en el sol para visitar campos de concentración, el resplandor de de una anarquía inminente, los gritos de corazones rotos, el blues infinitamente melancólico, un entrecruzamiento de voces distorsionadas y dulzuras distópicas angelicales se cruzaban por los pasillos. Lo clásico y la vanguardia se revolvían sobre las tablas antiguas de un verdadero templo.

La reina de Inglaterra, liderada por Freddie Mercury, buscaba dar una vuelta de tuerca a su sonido con un sexto disco que luciera un estilo redituable en los lejanos Estados Unidos. Una de las más simples grabaciones de la banda hasta el momento, sin pretensiones, simplemente rock era lo que proclamaba News of the world.

A unos pasos de distancia, se oía el golpe de las cadenas sobre las tachas, la deconstrucción del virtuosismo, la promesa de muerte a la monarquía. Los Sex Pistols abortaban un disco, Él disco, el álbum que curiosamente años después transformaría al punk en un género comercial.

Nevermind the Bollocks -algo así como A la gilada ni cabida– derretía todos los moldes de la imposibilidad de postguerra, haciendo oídos sordos a las voces de frustración de una época sin un devenir posible.

“Muy bien, no hay futuro. ¿Y qué? Cuando no hay futuro/¿Cómo puede haber pecado?/Somos las flores/ En el tacho de basura/ Somos el veneno/ En la máquina humana/ Somos el futuro / Ustedes son el futuro”, proclamaban los Pistols en una suerte de manifiesto que marcaría el fin de un momento y la incertidumbre de un vacío.

El instante de contacto es la chispa, y nunca dura lo suficiente. Los tacos de las botas resonaban por el pasillo. La puerta del estudio uno se abrió y emergió Freddie Mercury, colgado del picaporte, orgulloso de su bigote. Los pasos se detuvieron y con un giro de medio cuerpo dos épocas colisionaron en un solo instante:

-¿Y? ¿Lograste llevar el ballet a las masas? – arrojó despectivo Sid Vicious, desparramándose a leves intervalos, rememorando una frase del líder de Queen en una entrevista, pocos días antes, en la que afirmaba que buscaba acercar la ópera al público.

-¿Simon Ferocious? ¿Cómo te hacías llamar? – respondió Mercury, con la altura que caracterizó siempre a uno de los más grandes vocalistas de la historia del rock, antes de tomar por cuello de la campera al reducido bajista de los Sex Pistols, arrojarlo contra la pared y cerrar la puerta con un impacto que aún resuena en la vieja iglesia gótica.

Ese golpe de la madera contra el marco fue un instante. La grabación de News of the world con un tono irónico frente al punk, con temas como Sheer Heart Attack, fue el siguiente. Never Mind The Bollocks se convirtió en el futuro que denostaba. Este cruce momentáneo significó el punto de quiebre, la articulación entre la monarquía y la anarquía, la ruptura entre lo clásico y la voz de lo nuevo, esa topadora que venía a arrancar al pasado de raíz y de paso, por qué no, a escupir en la cara de toda posibilidad de progreso.

Flight from the inside es, sin lugar a dudas, uno de los temas más memorables del disco que Queen se encontraba grabando en ese momento. La interpretación de la composición de Taylor la dejo a vuestra entera consideración:

Hey, you, boy, hey, you
Hey you boy, think that you know what you’re doing
You think you’re gonna set things to right
You’re just another picture on a teenage wall
You’re just another sucker ready for a fall

(Ey, vos, pibe, ey, vos/ ey, vos, pibe, ¿creés que sabés lo que estás haciendo?/¿Creés que vas a arreglar las cosas?/Sos solamente otro póster en la pared de un adolescente/Sos otro boludo preparado para caer)

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