Lo mejor para el final

Por Dante Malaspina

“Básicamente intentaba copiar a los Pixies. He de admitirlo. Cuando oí a los Pixies por primera vez, conecté con esa banda tan fuertemente que tendría que haber estado en la banda…, o al menos en una banda de versiones de Pixies”. Kurt Cobain

Ya había pasado casi un año desde que comenzó el tour. Año agotador si los hubo. No sólo habían recorrido gran parte de Europa y Estados Unidos, sino que también entre fecha y fecha, tuvieron que ensayar el ya anunciado disco, Hail to the Thief, publicado finalmente el 10 de Junio.

Largo tiempo había pasado desde la última vez que habían pisado un escenario de la costa del Pacífico, la apertura con 2+2=5 podría ser impactante, pero había que ahondar más en el material recientemente aclamado y criticado por igual.

Abril pasó fugazmente, las funciones en Japón y Australia cautivaron y conmovieron por igual a ambas naciones a la manera única de Radiohead, pero ya era hora de abandonar esos pagos. Desgastados de tantas idas y vueltas Yorke, los hermanos Greenwood, O’Brien y Selway, se montaron al avión que los llevaría al grand finale del tour: Indio, California. El Coachella les esperaba ansioso.

Ante el futuro incierto del Lollapalooza, Coachella izaba desde el 2001 la bandera de los grandes festivales en el continente americano, de la mano de sus creadores Paul Tollett y Rick Van Santen. Cumplidas cuatro ediciones memorables con las reuniones de Jane’s Addiction, Siouxsie and the Banshees y Iggy Pop & The Stooges, las expectativas estaban lejos de mermar para la quinta. Miles de personas atesoraban en sus billeteras una entrada para el encuentro más importante del año, la prometedora reunión de los más grandes exponentes de la música del momento.

Nerviosos, excitados y agotados ante el desfile de localidades y caras extrañas, estremecidas y emocionadas, sufridos y disfrutados por igual en los últimos meses; llegaron finalmente al imponente predio del festival, el Empire Polo Club (ese mismo en el cual Pearl Jam  había tratado de boicotear a Ticketmaster hacia 1993, pero eso es otra historia). A su llegada, uno de los coordinadores les entrego la grilla, se miraron confusos. Algo no encajaba.

Una vez tras bambalinas, divisaron a Van Santen. Thom lo llamaba a gritos, el organizador parecía ignorarlos voluntariamente alejándose entre serpenteantes cables. Sin embargo, sus propios medios se volvieron en su contra cuando encontró el paso cerrado por un largo carro que transportaba altoparlantes que exigían recambio (los Black Keys, no dieron tregua a las válvulas de los altavoces, fieles a su crudo estilo de los primeros discos).

“¿Qué quiere decir esto?”, le espetó Jhonny, arrojandole en su rostro el panfleto con los horarios. Santen sabía que había recaído en un error garrafal, muy tarde de remediar. Había hecho caso omiso a las peticiones de uno de los headliners. Radiohead había solicitado con un mes de anticipación tocar después de los Pixies.

Pongamos los papeles en claro, Radiohead adoraba a los Pixies. Los Pixies se habían separado. Este no era un recital más de la banda de Boston, era la reunión tras 10 años de silencio y descontentos. El co-creador del festival sentía que un fuego abrasador lo fundía ante la acusación incendiaria del guitarrista, sentimiento nada más lejos de la realidad: estaba helado en su lugar sin saber que decir. Trató de zafarse sin ningún éxito indicando tímidamente que su colega, Tollett, había tomado la decisión, como si realmente eso importara a esa altura. El daño estaba hecho.

Ante la discusión del conjunto, Thom se encontraba meditabundo, recordando sus épocas de estudio en Exeter, donde su banda de sonido universitaria giraba al rededor de Automatic for the People de REM y de  Doolittle y Surfer Rosa de Pixies. Rememoraba la sensación de haber oído algo realmente original y espléndido, líneas de bajo y guitarra chocaban con las voces de Thompson y Kim en una reducida orquesta de autenticidad. Se reía en sus adentros, había leído la entrevista en la que el vocalista revelaba, fiel a su estilo genuino emanado casi involuntariamente, que la reunión del grupo tras tantos años respondía lisa y llanamente a razones económicas.

Rompiendo su letargo, apuntó a Santen sin dejar lugar a dudas sobre qué era lo que iba a suceder: “¡No! ¡Eso no está bien! Los Pixies abriendo para nosotros, es como si los Beatles abrieran para nosotros. No lo voy a permitir. No hay manera que podamos seguir luego de los Pixies!”

Ya no había lugar a dudas, los Pixies tomarían la posta del festival de las manos nerviosas y sudorosas de Radiohead ante la presencia de semejante conjunto. Un gigante que se hizo pequeño, demostrando que el fanatismo viene en todos los tamaños.

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