Un cuadro abstracto

Por Alejo Ruiz

“No more going to the dark side with your flying saucer eyes
No more falling down a wormhole that I have to pull you out”.
Thom Yorke – The Eraser – Atoms For Peace

Un disco ineludible. Complejo, pero delicado. Perdido en un mar de megaproducciones y carteles luminosos por avenidas interminables. Escondido como un secreto inviolable hasta último momento y publicado de golpe en el 2006.

Un monstruo que se asoma desde las sombras de la mente de Thom Yorke para arremeter en un instante con un aullido desgarrado y frágil. Una ola que comienza en The Eraser y no se detendrá a esperar ni un segundo, hasta cubrirlo todo, por completo, de un clima pesado y perturbador.

Golpea, una y otra vez, sacudiendo el parlante que se encuentra colgado en la pared. Una avalancha, un temblor, un instinto animal. The Clock llega para romper el parámetro del silencio, una oficinista de los años 20 apurada por terminar de tipear los últimos documentos a máquina, arremetiendo con los dedos agotados contras las teclas mientras las gotas de sudor impactan contra el suelo.

Pero esto es sólo el comienzo, y todo el resto no se hace esperar. Los neuróticos loops de teclados en continuo contraste con las esquizofrénicas baterías, una ilusoria reminiscencia de Radiohead, que se arrastra por las sombras para confundirnos, para engañar nuestros oídos e impedirnos escuchar…el…éter en… suspenso.

Esto.
Es.
Algo.
Distinto.

Yorke rompe las fronteras, hace añicos las pocas cuerdas que seguían ciñendo su mente a un cuerpo y se deja volar a través de ondas eléctricas, capturando sonidos etéreos, imperceptibles, pero que señalan la exquisita diferencia entre él y el resto de los mortales.

Ese palpitar urgente, como un corazón delator, ese resonar como de dedos tamborileando sobre una mesa que sostiene el ritmo de Atoms For Peace.

El goteo incesante, los golpes sobre una superficie acuática, ese es el clima que logra el vocalista de Radiohead. Un lago bañado por la lluvia en una tarde de otoño. Golpes, llamados salvajes y silencios improbables.

Harrowdown Hill nos lleva a un páramo desolado, donde nos abandona en manos del olvido con el eco de un grito desamparado: “I’m comming home. I’m comming home”.
Destilando la melancolía con unos pianos abducidos en diálogo constante con frágiles notas de voz que dan lugar a un cuadro abstracto, de tonalidades oscuras. Allí nos deja…colgados…a la espera de Cymbal Rush…de una…reducción espacial al infinito.
Esto.
Es. Una pequeña muestra de que si son las partes las que hacen a un todo que se redefine en el momento de la amalgama, Thom Yorke es una pieza fundamental en la historia de los últimos 30 años de la música y, si se me permite, una llave en un océano de cientos de años de sonido.

No creo en lo inefable pero debo admitir que es un disco al que le sobran palabras y probablemente le falten escuchas.
Sin mayores preámbulos.
Algo.
Distinto.
The Eraser.

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