Sigue al conejo blanco

Por Dante Malaspina

“No estabas allí al principio. Tampoco estabas allí al final… Tu conocimiento de lo que está pasando sólo puede ser superficial y relativo.” William S. Burroughs, El amuerzo desnudo

The Flyings Eyes nos introduce en su segundo disco, Bad Blood & Winter, a un mundo de percepciones nuevas y propias donde las estructuras aunque presentes se vulneran repetidamente en pos de generar una realidad sonora cambiante, distante y peculiar.

A los pocos segundos de comenzar el primer track Lay with me, uno de los platos fuertes, la potente guitarra acústica acompañada de unos leves golpeteos se ve imprevistamente opacada por una línea de bajo que aprovecha las notas más graves y una batería que asimila a su manera a este último. El sentimiento de sorpresa generado en aquellos pocos segundos, en el que se hace difícil vaticinar el siguiente paso, formar parte de la esencia del album y de la banda: su psicodelia.

Siguiendo el legado del psychedelic rock vemos la irreverente y profunda voz del vocalista principal Will Kelly, rememorándonos inevitablemente a Jim Morrison, pudiendo impostar tanto un dios iracundo como beatífico en los distintos temas. También cumple con los arreglos de percusiones como panderetas, gongs y otros; así como con riffs de guitarras solemnes y prolongados, al estilo de Jefferson Airplane. Sin embargo, logra su propio aporte conjugando órganos con las variadas distorsiones de la única guitarra que mantiene extensas conversaciones esquizofrénicas consigo misma.

El conjunto logra generar una sensación de tranquilidad huracanada a través de una pizca de stoner, género acunado por Kyuss destacado por mantener un sonido pesado y constante sin cambios de velocidades. La batería juego su rol también, logrando estar siempre un poco más adelante o atrás que la voz, rememorándonos al padre del stoner. Tampoco hay que olvidar los juegos de violines que pululan a lo largo del disco.

De todos modos, el disco posee partes olvidables. Winter y Don’t Point Your God at Me, yendo tal vez a lo seguro, no tratan de innovar demasiado sobre el rock más clásico. Siendo esto últimos un pequeño escollo frente a genialidades como Red Sheets” y Better Things donde destacan el compás de la letra y los juegos de voces. Mención especial a She comes to me que a pesar de no saber a qué se refiere con “ella” exactamente (No olvidar de donde proviene la etiqueta de “Stoner”), nos deleita con un órgano propio de música ceremoniosa que es interpelado por una línea de guitarra, pregonando el invierno propio del disco en nuestra sangre. Ello sería nada sin la batería que no deja de marcar su presencia aún en este momento de desahogo y sin la voz distante y solemne de Kelly.

The Flying Eyes logra formar una estructura que sorprende a través de su entreverada forma (ya no tanto hacia el final), conformando una bruma que nos impide ver el mar de creatividad que nos espera; sumergiéndonos en él mediante un espiral ascendente de la confusión al entendimiento… superficial tal vez pero algunas cosas son mejor contemplarlas que entenderlas, siendo la música personalmente mi favorita.

 

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