It’s mine & It’s yours

Por Dante Malaspina

La Cruzada del Rock contra la industria musical y contra todo pronóstico

El teléfono sonaba con su invariable tono chirriante y un tempo propio que arruinaba una y otra vez los intentos de seguir el ritmo de Daughter. Ya era la tercera vez en menos de cinco minutos que el timbre sacudía los nervios de la banda. Ni siquiera los potentes golpes de Dave y Mike en Blood lograban opacarlo.

Era Kelly Curtis, su manager. No podía ser bueno. Él sabía que estaban ensayando para el concierto que debían dar al día siguiente. Ninguno se tomaba a la ligera su éxito ni sobrestimaba su habilidad, no podían brindar menos de lo esperado. Debían dar todo y más.

“Volvió a pasar”. El tono severo de Curtis se coló por el auricular. “No otra vez”, contestó Jeff mirando a sus compañeros. El ceño de Eddie se fruncía a cada silaba oída, “¿Quieren subir aún más el precio de las entradas?”, arremetió rápidamente. “Sí, Ticketmaster es una empresa, no les importa la caridad, ni la música, y mucho menos Pearl Jam. Todo tiene que reducirse a que ganen ellos, no importa quién pierda en el camino” replicó lapidariamente del otro lado.

No era la primera vez que sucedía algo así. Jeff gritó furioso: “Tenemos que hacer algo, no pueden imponer constantemente sus reglas”, ante lo que el Kelly agregó: “Dejáme ver qué puedo hablar por lo de mañana”.

Stone que hasta el momento estaba observando lo ocurrido tomó intempestivamente el transmisor y marcó la postura que delineó el futuro incierto de la banda: “Ya no se trata sólo de mañana”.

(Seattle, 11 de Diciembre de 1993, Vísperas de su presentación en la Seattle Center Arena)

Los hechos que dan fruto al anterior relato ficticio sucedieron. Pearl Jam tenía un sólo fin en lo que meses después sería la titulada por los medios como “Cruzada del Rock & Roll” (Holy War of Rock & Roll), regular los costos de las entradas a tasas fijas para evitar repercutir en forma negativa en el bolsillo de sus fanáticos. El objetivo de la banda liderada por Eddie Vedder era lograr mantener los precios de las entradas en un límite fijo de 18 dólares, del que se diferenciaría un 10% de tarifa por servicio.

En septiembre de 1992 el concierto Drop in the Parkcuyo fin era indiscutiblemente benéfico, con la presentación no sólo de la ascendente y casi consagrada Pearl Jam sino también de artistas como Cypress Hill y Shawn Smith, vio pírricamente la luz debido a  la codicia de la mayor distribuidora de boletos en su momento y en la actualidad: Ticketmaster. La trastienda de la beneficencia sobre la que pocas veces nos paramos a pensar

Muchos sabrán, si alguna vez sacaron una entrada para un recital, la industria del entretenimiento está lejos de hacer dádivas, el negocio está en recolectar el malicioso y nebuloso Service Charge

Fue este impuesto a la música el que quisieron aumentar sorpresivamente unos días antes del Drop in the Park, el momento en que la beneficencia daba lugar al lucro y el arte se reducía a un negocio industrial.

En diciembre de 1993, dónde se ubica la ficción con la que comienza este relato, la historia se repitió una vez más. Sea por beneficencia o no, en la localidad que sea, los impuestos los pagan todos por igual.

Este tipo de situaciones y similares devinieron en la establecida, “Cruzada del Rock” en Mayo de 1994 en la que la banda denunció legalmente a Ticketmaster. Pearl Jam, tal vez hasta sin saberlo, continuó el movimiento introducido por el Post Punk hacía más de 15 años por el cual se buscaba empoderar a los artistas con el Do it Yourself (Hazlo tu mismo). Este slogan que identifica a la época posterior al apocalíptico No Future se popularizó en 1977 a partir del disco Spiral Scratch producido y distribuido por los propios Buzzcocksque incitaba y demostraba a todos sus colegas que era posible desligarse de los grandes sellos y crear auténticamente, sin limitaciones, más allá de las autoimpuestas.

La banda oriunda de Seattle basaba su reclamo en que Ticketmaster  poseía un monopolio en la venta de entradas. Como testimonió Jeff Amet ante el tribunal, este control les permitía subir los precios mediante un exagerado costo por servicio a sumas exorbitantes sin siquiera discriminarlo del precio como sucede hoy en día.

El proceso no es muy difícil de imaginar: la empresa le paga a los dueños y promotores de los lugares sean estadios, clubes o predios para tener la exclusividad de la venta de tickets. Luego de que Ticketmaster fagocitara a Ticketron en 1991, su única competencia, los cálculos para entender la ecuación de un sólo término no eran muy complejos de hacer.

En una era donde las grandes empresas determinan la manera que comemos, tomamos, vestimos, Pearl Jam en el pico de su carrera, y afectados por la reciente muerte del Kurt Cobain, quiso poner un freno a que consignen la manera en que comprendemos el arte.

Los medios y distribuidores son los que modelan la manera en que vemos a los músicos, apresurando muchas veces decisiones, que resuenan como un eco, sin que la propia voz de los que encarnan el motivo del discurso se llegue a escuchar. ¿Modesto? Tal vez, pero el paso que dio Pearl Jam pocos lo dieron y, lamentablemente, menos aún lo acompañaron.

Con este objetivo en mente se embarcaron en el “Boycott Ticketmaster Tour” presentando su placa “Vs.”, en la que se puede ver, aún previo a la batalla legal, su descontento con el circo comercial formado alrededor suyo, como se hace evidente en la letra de Blood donde maldice a medios de la época “Spin”, “Roll” y “Circus” por tomar su obra que conforma parte de él, como su sangre, y usarla para llenar sus páginas (“Spin me round, roll me over, fucking circus Stab it down, one way needle, pulled so slowly Drains and spills, soaks the pages, fills their sponges”)

A excepción del Empire Polo Club, donde luego se haría uno de los festivales de música más grandes de América, el Coachella, las dificultades acaecidas en el acondicionamiento de predios y baldíos, la suspensión de sucesivos shows y la falta de apoyo y logística en general, marcó el desgaste y fin del tour y eventualmente lo mismo ocurrió con la demanda judicial.

Cayeron con los brazos vencidos pero con la frente en alto, dejando una huella profunda, una marca en la que aún hoy podemos reconocer el espíritu, el esfuerzo e ímpetu de una moral intacta.

Pearl Jam logró poner en primer plano, y lo que es aún más meritorio en primera plana, una cuestión que parece por momentos desligada de los artistas: la forma que el público tiene acceso a ellos una vez se vuelven masivos.

Yendo un paso más allá que sus colegas del new wave, lograron desnaturalizar no sólo la necesidad de un intermediario en la producción de la música sino también en aquellos que limitaban su alcance al público.

Se trató de un movimiento, un atentado contra un gigante de la industria musical, Ticketmaster, contra la idea de una “Industria Musical” que pueda adjudicarse mérito y rédito propio por la distribución de “un producto”, manteniendo y pregonando ante todo el vínculo entre el artista y el oyente.

En palabras del propio y querido Eddie Vedder:

These attitudes out there that the music is theirs, that it’s the industry’s music… And it’s not. It’s mine. And it’s yours. Whoever’s listening to it. It’s mine and it’s yours. And everybody in between, they’re the distributors

(Estas actitudes que están sueltas de que la música es de ellos, que es de la industria de la música….y no lo es. Es mía. Y es tuya. De cualquiera que la escuche. Es mía y es tuya. Y cualquiera que este en el medio, son distribuidores).

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