Crisol de Estilos

Por Dante Malaspina

¿Qué tal si te dijera que Oh Me, Lake of Fire y Plateau no son de Nirvana?

El segundo disco de los Meat Puppets, titulado a la vieja usanza matemática zeppelinera Meat Puppets II o simplemente II, nos interna en un sin fin de géneros en los que la simple fórmula del power trío constituido consecuentemente de una guitarra y vocales (Kurt Kirkwood) , un bajo (Cris Kirkwood) y una batería (Derrick Bostrom) carente de arreglos de teclado ni percusiones extravagantes, parece ir más allá del hard rock ligándose con sus raíces del sur de Estados Unidos en Arizona .


Ya desde un comienzo nos presentan el amplio abanico de estilos en el que se irán debatiendo entre canciones, desde el punk frenético de Split Myself In Two que no busca innovar más que en la voz disarmónica del hermano mayor de los Kirkwood; siguiendo por una clara tonada country en Magic Toy Missing, ahora sí, dando su aporte en los solos de guitarra cuya velocidad y cadencia de los punteos sorprenden que puedan congeniarse con una batería acelerada aunque básica. Llegando hasta manifiestos poéticos como lo puede ser Plateu donde la voz lo es todo al momento de transmitirnos el lamento y la pena con el sonido sucio de rasgeo de la guitarra de telón.

Sin embargo, la heterogeneidad presentada durante toda la obra tiene un eje que hace girar el motor por momentos más veloz por momentos más pausado pero que siempre nos hará llegar a destino: el bajo. Este instrumento, que nos deleita con las notas más graves, marcará los tiempos y el estilo bluegrass más profundo que unifica a todo el album; haciéndonos reflexionar que pudo no haber sido casualidad que el lugar donde fue creado dicho subgénero del country contenga la palabra Blue así como todo su penar.

Auténtica, resulta difícil pensar otra palabra que caracterice a esta obra. La diversidad de la que hace gala se nos presenta de manera espontánea y clara, no busca esconderse detrás de etiquetas y estructuras en las que perece la libertad estética. Esto último se puede notar en la predominancia pírrica de canciones instrumentales siendo que aquellas vocales responden a una necesidad propia de expresar lo que los instrumentos no pueden hacer. Tal vez por ello haya llamado la atención al líder de Nirvana, hastiado del veneno de falsos poetas y profetas, a tal punto de invitar a su cuasi tocayo y su banda a tocar con ellos en el inolvidable Nirvana Unplugged de 1993.

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