Desplomarse

Por Alejo Ruiz

“Algún día habrá una cura para el dolor
Ese día tiraré mis drogas
Cuando encuentren una cura para el dolor”
Morphine – Cure For Pain

What the hell am i doing here?

Como un grito, buscando una respuesta a la retórica de Radiohead, tartamudeó. Ese caminar errante, de vaivén, esa búsqueda del equilibro que nunca llega a puerto. Los pasos inexactos de un zigzaguente final sobre el escenario. Debajo madera, delante cabezas… un campo lleno de piezas, nunca una indicación. El borrón idéntico a un mamarracho, a una borrachera eufórica sin punto de apoyo, la línea de un horizonte sin retorno.

Morphine nació en medio de una tormenta de arena en 1989, cubiertos de la rota ilusión que recibiría a los ’90. Un agujero eterno, de dos o tres cuerdas graves, de cuatro o cinco golpes, de infinitos últimos alientos que representaban absurdamente una época de cinismo sin límites. Un sonido único, que habitará por siempre en soledad la casilla en que lo colocaron sus artífices: low rock.

El trío de Bostón nos dejó suspendidos durante cinco discos debut en un sonido desgarrador y arraigado en la desolación absoluta, por fin, y para todas la historia, antes de dar el último respiro en que nos vería nacer la filosofía de una nueva era: una noche sin estrellas, donde el fuego es la única luz y la música marca el punto de fuga.

Mirar a los costados era encontrar otro borrón, nada afianzaba los pies al suelo, el mundo se escapaba. Los dedos perdiendo fuerza, incapaces de tocar otra nota. ¿Sería eso morir? “Esto es algo mágico”, dicen que repetía el subestimado bajista antes de saltar a escena, espiando por detrás de la cortina.

 

Los días previos habían sido confusos, infernales, como un collage impresionista, abstracto. Nunca había sabido la diferencia. Pero así eran las giras. Laberínticos mapas sin rumbo, hacia un final siempre deseado pero nunca esperado.

 
Nada anunció la inminente caída aquella noche. La voz de Mark Sandman resonó en un rugido onírico al tiempo que arrojaba notas rotas con un bajo de dos cuerdas. Detrás suyo Dana Colley destrozaba un saxo áspero y desamparado, moviendo la cabeza al ritmo de las baquetas de Billy Conway. El trío parecía saborear todo el espectro de un apocalipsis frente a dos mil personas.

 
Caronte miró las aguas y sintió la turbulencia. El silencio previo a las doce campanadas de ese 3 de julio de 1999 se vio interrumpido por una avalancha de sonidos graves, un desgarro. La interferencia. El sonido de acople fue su último poema.

 
Mark Sandman, 46 años . Nel Nome del Rock. El Mediterráneo. Nadie debería pensar en un contexto mayor. Todo estaba reducido al momento del vaivén, del sostén sin escapatoria.

 
Desplomarse. Des-Plomo-Arse. Ese instante que, como una triada, se divide en los exactos fragmentos del último adiós. Resbalar, para abandonar, el póstumo acorde, con el peso de un metal finito, lleno de devenir profundo, subacuático, asfixiante.

 
Por delante, unos dos mil bocas abiertas en silencio. Por fin la media noche. Y en un cuarto de luna, un adiós.

 
Morphine habría perdido la contextura, pero jamás el sonido. Esa muerte sobre el escenario, ese golpe de azar que detuvo un corazón antes de tiempo, dejaría en la memoria a un rockero, que nunca supo hallarse en un género, que rompió la membrana de la historia para hacer saber, con gruñidos, que los bajos no tienen cuatro cuerdas y que los vientos no acompañan, destruyen la idea de un devenir.

 
Mark Sandman, Morphine, seguirá vivo, en el único lugar donde supo existir, justo al lado de una oda fúnebre, repleta de azufre, vacía de oxígeno, llena de rezos de mal agüero.

 

 

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