Llegando al Reino

Por Dante Malaspina

Tres registros (i)refutables quedan sobre un instrumento único y misterioso

Una duda más que aceptable, aún más para un predicador de oficio de 1930 dedicado a barrer las penas de las veredas de Texas cantando su afligido gospel. Su tonada religiosa y protestante dedicada a enaltecer su fe y lograr que se asome la de otros sin inspirar miedo de castigo ni de impíos.

Sin embargo, cuando la fe se disipa y el cielo se ve desde la estratosfera dejándonos una estampa precisa del cielo, huracanado por un lado y nocturno por el otro; la duda queda. Ella ya no se trata de qué están haciendo en el cielo, sino preguntarnos con qué pregonaba ese cuadro bíblico Washington Philips.

Su voz, avejentada como el buen vino, está acompañada por punteos finísimos, casi celestiales, como si la mano de un querubín se hubiera posado suavemente sobre un arpa. Podríamos seguir haciendo metáforas, convocar al bendito cielo, el condenado infierno, por qué no al olvidado purgatorio así como al polémico y abolido limbo; pero por más solución poética que le encontremos la realidad es que no se sabe qué instrumento era el que rasgueaba el tejano.

Las pocas grabaciones registradas de Philips datan de 1927 a 1929 en ellas se abre una vanagloriada Caja de Pandora de cuerdas, donde las teorías y la información se revuelcan en los alquitranados pozos de petróleo sólo para salir de ellas empapadas y pesadas de dudas.

Tres son los registros que pueden llegar a ser los más fructíferos, aunque contradictorios e incompletos.

20 de Diciembre de 1907:

La novedad llegó a Teague, al fin. Titula un pequeño recuadro en el amarillento periódico local Teague Chronicals. Lógicamente los años generan polvo, pero las manos de los curiosos de Philips ya pasaron por allí, y el papel florece con el color del girasol sin motas que lo opaquen . Pequeños trozos se desprenden, se resquebrajan, dejando una finísima capa en los dígitos de los dedos.

Lo borroso del texto permite sólo desprender unas conclusiones con sus palabras y una frase que buscaba aclarar al momento de su salida, pero confunde al día de hoy.
El cuerpo en un lenguaje formal de época sabe apreciar la antigüedad hasta en esos años. Podemos fácilmente interpretar que Philips generaba un placer medieval en sus oyentes y feligreses. Nuestros ojos se dejan guiar hasta lo único puramente legible: “Es el más singular instrumento musical que vimos en nuestra vida. Es una caja de unos 2×3 pies, 6 pulgadas de profundidad, en las que golpea las cuerdas del violín, algo parecido a un autoarpa… Él usa ambas manos y toca toda clase de aires. Lo llama: ‘Manzarene‘”

14 de enero de 1928: Entre una grabación y otra se acercó a Philips un hombre. Se quito el sombrero gris, combinación cercana aunque no ideal del negro de su traje. Le dio un firme apretón de manos. Le ofreció tabaco, el que no aceptó. Dijo que era del Lousiana Weekly, noticias locales, lejos de su localidad de todos modos, no pudo retener su nombre. Sacó la cámara, torpe artefacto, pobre imitación de la maquinaria perfecta de Dios: el ojo. Sin embargo, se dispuso sonriente con su obra, su trabajo caído desde arriba por gracia del Señor: el Manzarene.
La cara del sin sombrero, perdiendo sus modales junto con él, revisó por medio instante el porte, la forma, el material: la música no era lo suyo evidentemente. La gráfica apenas. “No te gustaría más posar con esas citaras, dan una idea más de gospel que eso” señalando el curioso artefacto.
“Es el arpa que me enconmendó el Señor para unirnos en hermandad, mucho más que ‘eso'” refunfuño Washington. Pillo el periodista contestó: “Y mi tarea encomendada es seducir con una foto, yo puedo cumplir con la mía, y vos con la tuya, imaginate la visibilidad que podrías llegar a tener?”

 

A regañadientes accedió. Tomó las dos citaras, destruidas, carcomidas por el tiempo, con tanto uso como tan pocas cuerdas. Espero estoico la señal de que ya se podía mover. Dejó las citaras donde las encontró. Dicen que al otro día serían desechadas.

 

 

16 de Febrero de 1961:

“Recuerdo. Algo. Vagamente. Igual, no pidas demasiado. Pasaron casi 30 años y justo esos diría que fueron los más truculentos. Trabajaba para Columbia, diez años antes de retirarme. Todavía no sé cómo duré tanto en ese trabajo. Calculo que debe haber sido porque pagaban bien. Ahhh, ¿para qué mentirnos ya a esta altura? Me gustaba ese frenetismo, ese ir a lo desconocido a conocer a quienes conocían a alguien que la gente sin saberlo quería conocer. Sí. Cazar talentos era lo mío.”
– Adelantaremos la entrevista unos pocos minutos, varios artistas nos ha dejado el prodigioso caza talentos y sólo se olvidó de nombrar a uno o dos-
“Claro. Claro. Me preguntaste por Washington Philips. Curioso. Prodigiosa voz. Alababa al Señor como ninguno. Predicador sin título le decían, y sin ninguna malicia. No que hubiera aceptado el título si se lo hubiera ofrecido. Pero sí, tenía un instrumento a lo menos inusual. Cuando lo trajo al estudio de grabación entendí de lo que hablaba la gente cuando nombraba el Manzarene; y debo admitir que aún después de tantos años no encuentro palabras para describirlo. Como tampoco podían hacer los pueblerinos cuando me contaban sobre él. Era como una citara, esa suerte de cajas con muchas cuerdas que se toca como si fuera un arpa. Sólo que sin trastes. Pero tenía más cuerdas de las que uno podría contar, y una suerte de teclas que las golpeaban como un pequeño piano. Aunque a veces las rasgaba. Más allá de todo, lo que más llamaba la atención era su porte, casi el doble que una citara normal. Y… Ah! Se desarmaba, Jaja, eso echó por la borda muchas teorías. Dolceola o Dulceola le puse en su momento como para dar una idea pero lo veo cada vez más errado.
Diría que era único, él y su instrumento”

(Fragmento de la entrevista a Frank Buckley Walker, extraído del diario East Village Other, Nueva York).

Las fuentes son tan huidizas como lo son su contenido. Tal vez nunca tendremos la certeza sobre qué es exactamente lo que tocaba o si era un único instrumento, aunque se puede precisar que era o eran una suerte de citaras sin trastes. Sin embargo, podemos estar agradecidos a ¿Dios?, ¿el Destino?, ¿La Suerte?, ¿Casualidad? sea lo que sea podemos estar seguros que su blues medieval y celestial llegó a nuestros días y manos y que así será por muchos años más.

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