La reina de la destrucción

“La única ética posible es hacer lo que uno quiere hacer”. William S. Burroughs

Un conjunto de drogas perniciosas esnifables, fumables, bebibles, que se pegan a la garganta reflejando una tos que nunca alcanza.

Habitaciones ajenas, destrozadas, llenas de caras alguna vez vistas, pero que no alcanzan perder el mote de extrañas para los ojos semicerrados, las orejas entornadas ante el volumen de lo que a veces parece glam rock, otras punk rock. Toda una mezcla de la que ni siquiera la cruz en la tapa de su opera prima los defendería ante el latiguillo de las instituciones.

 

El esquema de la vida de un personaje tan viejo como los medios que los inflaron: el rockstar. Esos que se chocaban a si mismos contra la realidad, antes de destrozar camionetas en noches mágicas de ciudades nativas.

Es sabido que los Guns’n’Roses fueron rockstars, menos sabido es que eran rockstars antes de ser rockstars. Su impronta inevitable de locales del Sunset Strip de Los Angeles no impedía que todos sus niveles y sentidos se amplificaran a escala global: querían todo el puto paquete, y no querían perder el tiempo sacándole el envoltorio.

Apetite for Destruction fue una decisión que ya había sido tomada mucho tiempo atrás, aún antes de ese 1987, aún antes de su demo, aún antes del primer encuentro de Steven Adler y Slash (baterista y guitarrista) en la secundaria. Decisión que Iba a -y tenía que- reformar la escena. El glam era para el pelo y el rock era para otra cosa, eso que ellos ya sabían hacer aún antes de convertirse en los reyes de la escena, sólo hacía falta plasmarlo en una cinta.

Los estudios de grabación en Manhattan estaban sumergidos en colillas de cigarrillos, a veces más a veces menos, todo dependía de la cantidad de tomas que necesitara una canción.

Una duda permanecía suspendida sobre el grupo en esas veladas de música y estupefacientes en que los sentidos buscaban escapar de la mente en forma de tonadas, pero que cada tanto surgían en sentimientos más crudos: esa chica, Adriana, que venía tanto al estudio, ¿era o no la novia de Adler?

Pregunta a la que el mismísimo baterista no sabía responder. Vivía en un torbellino perpetuo en que las noches eran secuencias que se sucedían en los amores de los ’60, se topaban con las mañanas de resacas de los ’70 y, antes que se acordara del almuerzo, estaba nuevamente en los ’80, grabando y tomando algo con los muchachos.

Esa noche se desplomaba sobre la batería, los platillos lo aturdían y los clics del ritmo eran cientos de grillos en sus tímpanos. Su apetito buscaba sueño y un limbo entre tema y tema. Pidió disculpas a sus compañeros, se retiró del estudio sólo con un par de ojeras, imprimiendo su estado de ánimo en la batería de Rocket Queen.

Al llegar, Adriana le espetó que quién era esta o aquella, que qué eran ellos. No había humor, las peleas ya las había dado en el ring de cuerdas acustisadas, no podía soportar otra más. Le gritó, la maldijo, no eran nada, nunca lo fueron, la necesitaba menos que la botella de whisky que había agarrado para soportar el mal trago. Ella escupió fuego por los ojos y le arranco la bebida de las manos antes de dar un portazo sísmico e irse.

La cámara se cierne ahora sobre Adriana. Era una Furia, ella lo peinaba, ella le daba un lugar donde quedarse, ella le dio una ducha caliente cuando lo único que él hacía en las habitaciones era destrozarlas.

Se dirigió al estudio de grabación, allá seguro había algo para tomar, algo más sabroso que las gotas magnéticas que se deslizaban por las paredes de la botella negándose a salir.

Llegada al estudio, la recibieron el ingeniero Mike, su asistente Victor, y los gritos estridentes de Axl Rose, que cantaban la primera estrofa de lo que sería la canción de su vida. Al lado del él, Slash, guitarra en mano y cigarrillo en boca. Adriana se sentó junto a los técnicos, masticando la desilusión de no haber encontrado el trago que necesitaba para amortiguar el malhumor.

Axl terminó al chillido de “To know that I care”, repasando las caras dentro y fuera de la cabina: Slash aprobaba desde atrás de las inescrutables gafas, Mike y Victor ya avocados a la consola para retocar lo que consideraban la toma final. Pero a Axl aún le faltaba algo. Le sacó el cigarrillo de los labios a su compañero y luego de un momento largó una bocanada asfixiante, incluso para la vista. No se podía oír nada detrás del vidrio, pero algo no andaba bien. Rose le dijo algo a Slash con los ojos y se volteó para mirarla antes de salir de la sala con una sonrisa importada, aunque inevitablemente brillante en su rostro. El alcohol no ayudaba a determinar sus intenciones pero las dejó bastante claras cuando se sentó en su regazo: “Hay algo que quiero hacer con vos”, susurró el rubio ángel de la destrucción a su oído. La estrategia estaba resuelta desde el momento en que la vio a entrar. La letra podía sugerir muchas cosas pero quería dejarlas claras. Ella dijo que sí…”Por la banda… y por una botella de Jack Daniels” que necesitaba desde el principio del fin de su relación.

Eran salvajes, eran jóvenes, estaban encadenados a eso.

Mike preparó la sala, transformándola en un estudio protopornográfico con micrófonos en vez de cámaras; luego se retiró con Slash  -ya había sido raro verlo gemir a Axl en soledad en Welcome to the Jungle como para verlo ocupado con cosas mayores-. Victor quedó a cargo.

El temporizador marcaba 30 minutos de grabación, el técnico pulió el sonido, seleccionó el gemido más auténtico y lo insertó en la pista. Rocket Queen estaba completa.

Las sirenas de los oficiales del karma más recalcitrante se oían a lo lejos y no iban dejar escapar a nadie, sólo era cuestión de tiempo. La destrucción vendría de varias formas y su apetito se saciaría con el correr de los años. Primero se cernió sobre la misma Adriana. Adler la abandonaría luego de enterarse de la situación, dejándola con su único y fiel aliado de aquella noche. Tiempo después alcanzaría a Adler, el mismo año en que Radiohead crearía una fuerza tan abstracta como real, la Karma Police, lo encarcelarían por 150 días por abuso doméstico. Axl quedó para el final… no hay mucho que agregar sobre el cantante, consumando en su cuerpo todos los años de vejez que la fuerza parapolicial le perdonó a Iggy Pop. 

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