Alguna vez se sintieron estafados

Por Manu Stein

Sex Pistols. Una locomotora sin frenos destinada a atropellar todo a su paso sin detenerse hasta estallar por la fuerza de su propia potencia… Y sin embargo, ahí estaban.

Ya hablamos de los Sex Pistols y su poco afortunado encuentro con sus compatriotas ingleses de Queen. Jóvenes, rebeldes e irreverentes,  representaban el sueño de cualquier adolescente, y con su primer y único álbum Never mind the Bollocks publicado en octubre de 1977, para enero del 78 ya estaban volando hacia los Estados Unidos dispuestos a agitar al país con su furioso mensaje.

Contrario a lo que dictarían el sentido común y el interés de los fans, Malcom Mclaren –manager e ideólogo de los Pistols-, agendó fechas principalmente en zonas conservadoras del sur estadounidense persiguiendo, probablemente con fines marketineros, la reacción de un público ajeno a la banda.

Convengamos que a los ojos de un vaquero con fama de poco tolerante, cuatro ingleses que habían volado cinco mil kilómetros para cagarse en todas las instituciones y costumbres establecidas repetidamente durante una hora a lo largo de 9 días no era el ideal de espectáculo cultural en la feria del domingo.

La gira fue puro caos. Caos que derramaban desde el escenario y caos que los corroía desde adentro. La tensión externa – es decir, entre la banda y quienes asistían a los recitales- no paraba de crecer; la interna, tampoco. Sid Vicous (bajista, o intento de) ya era completamente dependiente de la heroína, lo que afectaba sus hasta entonces no suficientemente escasas habilidades musicales mientras que a su vez volvía cada vez más errático su comportamiento. A esa altura tampoco les pasaría desapercibido el hecho de que, en realidad, no eran más que otro póster en alguna pared adolescente, un producto de la industria musical. Un producto. Habían alcanzado la cima y la vista no era lo que les habían prometido.

Peleas, abucheos y anécdotas varias de por medio, llegaron al teatro Winterland en San Francisco: la última fecha de la gira y quizás la única con un público afín a la banda.

Luego de 50 minutos de recital se vino el encore y el cuadro se hizo realmente claro. Salieron con una versión a su manera de 7 minutos de No Fun (literalmente “No tiene gracia”). “Van a tener un tema más, y sólo uno, simplemente porque soy un vago”, escupió Johny Rotten, el cantante, en el micrófono.

La luz de su caída teñía la imagen: el entusiasmo impostado, Sid con un brazo vendado para mantener la sangre adentro suyo después de algún pinchazo apasionadamente autodestructivo, la voz del vocalista desgastada. A medida que el tema avanzaba la situación se confesaba más y más insostenible.

Pasados tres minutos, con los otros integrantes aún empujando para seguir, Rotten se quiebra de manera definitiva. Se sienta en cuclillas, mirando al público a los ojos. No hace mas que repetir el título de la canción (“No tiene gracia”) como un mantra para sí mismo . “Puta madre. ¿Por qué  sigo?” se lo escucha decir. El sonido que brota de los parlantes no es otra cosa que la agonía por un final que, quizás en el camarín, quizás en la mitad del recital, quizás en el mismo acto de agacharse… tuvo lugar hace rato. El vocalista se calla. Ahí, en silencio, contempla a su público con gesto apático.

Una locomotora sin frenos disparada a toda velocidad desde el verde de los campos ingleses, destinada a atropellar todo a su paso sin detenerse hasta estallar por la fuerza de su propia potencia… Y sin embargo, ahí estaba. Aquella bestia de metal que meses atrás había devorado sus cadenas y que iba a hacer lo mismo con el mundo que la rodeaba, ahora, moribunda, arrastraba el vientre en la mitad del recorrido, mendigando un tiro de gracia a su propia audiencia. La pólvora se había agotado.

Sonó la última nota.

“Jaja. ¿Alguna vez se sintieron estafados? Buenas noches” fueron las últimas palabras de Johnny Rotten antes de la disolución de la banda. El hielo los congeló en su propio presente. Lo dijeron y habían tenido razón. No había futuro para ellos.

 

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