Salando las heridas

Por Dante Malaspina

“A veces pienso que la gente se hace adicta, solo porque su subconsciente anhela un poco de silencio”. Irvine Welsh, Trainspotting (1993)

“No es sacarlo de tu cuerpo. Es sacarlo de tu mente. Ese es el problema. Sos un adicto. Así que sé un adicto, pero sé adicto a otra cosa”. Renton, Trainspotting 2 (2017)

El infructuoso periodista había cerrado mal la puerta, desesperanzado al encontrarse con lo que una vez fue el gran guitarrista de los Red Hot Chilli Peppers. Una vez magnetizado al piso, John Frusciante, luego de inyectarse una dosis, de tal cantidad que atentaba contra la definición misma de la palabra, era muy difícil que algo lo movilizara. Sin embargo, allí estaba la puerta abierta. La luz y el aire que se colaban desde el mundo exterior revolvían los músculos espásticos de un cuerpo desnutrido que intentaba realizar una inútil fotosíntesis.

Parece que no había sido suficiente que lo sacaran de su casa en Hollywood Hills, su santuario de mil paredes que había transformado en lienzos, para terminar en una habitación del Chateu Mormont. Nadie se atrevería a decir que el hotel no era un lujo, aunque eran pocos los valientes que lo sostenían una vez dentro de su habitación. Esta última identificada usualmente con el número 64 o el 46, o sólo el 4… siempre se mezclaban en infinitas cifras e incógnitas en su cabeza.

Sorprendido por su sansoniana fuerza, acorde a su desmarañado y profano cabello, pudo hacer los tres, cuatro y cinco pasos necesarios para desplomarse sobre la puerta y terminar de una vez por todas sus preocupaciones. Las bisagras chirriaban ante los escasos cuarenta kilos de materia osea que mantenían erguido un cuerpo que amenazaba con desaparecer y el clic anhelado no se dejaba oír. La puerta permanecía abierta y la luz seguía dañando sus dilatadas pupilas. El lomo de lo que parecía ser una revista obstaculizaba sus colosales intenciones. La pateó hacia adentro y cerró el sucio portal al exterior.

Kerrang! Decía en una viñeta con grandes letras en sombreado rojo y, al momento que sus ojos se adaptaron a la penumbra, pudo notar a Anthony Kiedis, vocalista de los Red Hot Chilli Peppers, en una pose jocosa en la portada de la edición Nro. 292. Luego de una grosera redosificación, no apta para diabéticos, tuvo el coraje de abrirla. Rápidamente y sin titubear llegó a las fotografías. Era de esos odiosos collages: Flea, el bajista, portaba una campera de cuero y un rodete teñido de dorado al momento que se tapaba los oídos mirando a la cámara, satirizando una actitud punky; debajo Chad, el baterista, con su gorra y gafas, también encuerado, apuntaba con la lengua hacia Flea y se tomaba con ambas manos la entrepierna, representando  a un endemoniado Axl Rose pasado de moda. A su derecha estaba él mismo. Aparentemente.  John Frusciante, se leía en las itálicas amarillas que subrayaban al joven despreocupado, vestido como un irreverente y agraciado Frank Sinatra: tabaco en boca y vitalidad en mano, sonriendo despistado. Volvió a la tapa: Junio de 1990. Hacía 6 años. Monótonos y dichosos días.

Sin embargo, nada de lo que pretendiera una sanguijuela inquisidora periodística  podía sacarlo de su felicidad: lloraba de felicidad, sudaba felicidad, pensaba y se acordaba de la felicidad, a veces hasta vomitaba felicidad, pero… no sentía felicidad. Una vez que los efectos de la heroína lo dejaban,  la mímica de la felicidad también lo hacía y dejaba lugar a la realidad. Las lágrimas ahora mundanas, que caían de sus ojos a sus pantalones, obligaban a su mirada a posarse hacia la sangre seca de días y hasta semanas atrás.

Se dirigió al baño a limpiarse las marcas de sangre, sólo quería ver las lágrimas en su ropa, no esa sangre. Se quitó el pantalón y la camisa decidido a sacar todo lo imperfecto de ellas. Las pasó una y otra vez por agua hasta que se disolvieron en un río marcado por restos de carmín. Triunfante y desnudo levantó las prendas. Se enfrentó al espejo.

Sabía de su aspecto. Convivía con él. Esa serie amorfa de características con lo que a uno lo definen de antemano. El problema en ese preciso momento era que nunca convivió con él y al mismo tiempo con una fotografía material y mental tan fresca de si mismo en su plenitud. Su paso eventual por los confines de la muerte ante una sobredosis ese mismo año no lo detuvo. Ni siquiera las advertencias de los médicos que tuvieron que hacer una transfusión porque su cuerpo ya no producía glóbulos rojos. Y, a pesar de toda su indiferencia, estaba allí detenido ante el espejo. Frío, oscuro y desnudo en un mundo de drogas que había anhelado de joven, con la viva figura de las pupilas dispares de David Bowie dilatadas por la cocaína. No podía creer que hubieran pasado 4 años desde que abandonó la banda, y sin embargo parecía un instante. Ese instante frente al espejo.

É-é-él no tenía problemas con la heroína, t-t-todo el resto parecían tenerlo. Él amaba la vida así como ellos. No era autodestrucción, era satisfacción a un nivel que no entenderían nunca.

Callaba a los espectros que le hablaban directo a su mente. La heroína y la cocaína lo complacían, no sólo a él, sino también a las voces en su cabeza. No paraban, lo extasiaban como una anáfora que no se detenía hasta que los brillos, olores y colores que le trasmitían las plasmaba en su guitarra, en su voz y en su libreta.

Sólo su verdadero amigo Flea, el bajista, lo comprendía. Las voces que John oía en su cerebro cuando reproducía Blood Sugar Sex Magic, Flea las escuchaba. Y cuando decidió irse de la banda, harto de esa fama de rockstar, harto de todas esas voces que se sumaban a las que ya escuchaba, cantando lo que él cantaba, tocando lo que él tocaba, gritándole en la calle y en los bares, fue Flea quien le espetó a Anthony que no era un desertor.

Flea lo sabía. La historia se repetía.

John había reemplazado a Hillel Slovak, antiguo guitarrista de los Red Hot, una vez que fue hallado en 1988 por su propio hermano luego de dos días de reacia descomposición, fruto de una sobredosis de heroína. Nuevamente se presentaba el mismo escenario, aunque distintos personajes, ante los ojos del bajista. Él sabía bien que sólo un loco haría la mismas acciones esperando un resultado distinto.

Frusciante recordaba y atesoraba perfectamente el esfuerzo de su compañero.  Hacía dos años, el bajista lo incitó a que publicara todo lo que tenía grabado, todo eso que le pasaba, todo lo que las voces le exigían que plasmara. Sin embargo,  ya las regalías de los Red Hot tapaban de pólvora la adicción del guitarrista, el disco solista lo único que generó fue una chispa. Niandra Lades and Usually Just a T-Shirt, creó una inevitable implosión el 8 de marzo de 1994.

Volvió en sí, a esa habitación que murmuraba pinturas y literaturas, melodías y armonías disonantes, frente al espejo. Gritó un aullido desesperado, un llamado de auxilio que sólo escucharían los espectros. Respondieron. LAS VOCES. Necesitaba una más, y probablemente otra después de esa. Se echó contento al piso, a sus sinceros brazos que no escondían su áspera dureza.

Así se sucedieron un mes tras otro. Una dosis tras otra, alguna eventual sobredosis hasta llegar a la aberrante infradosis. No tenía dinero. Las ventas disminuían. Las regalías mermaban, la novedad de su disco y del ecuménico funk de su antigua banda se disipaban. Necesitaba otra inyección, el mundo se hacía insostenible, los dolores y la nausea impenetrable a la mierda de las farmacias, todo se iba a desmoronar. Tal vez por su nombre o porque sabían que eventualmente le pagarían, los traficantes le fiaron por un tiempo. Duró lo que duró duro. Luego de acumular 30.000 dólares de deuda las amenazas de muerte se volvieron un hecho.

Las advertencias de los proveedores de vicios poco lo afectaban, sólo quería hacer callar a las voces, pero sucumbió ante ellas. Así fue como su segundo disco fue recopilado en agosto de 1997, Smile from the Streets You Hold. Algunas grabaciones sobrantes del primero, otras, creaciones exiguas que formaban un retrato surrealista cargado de la nada que tanto lo hundía.

La heroína otra vez fluía en cantidades. Cantidades que nunca eran suficientes de todos modos.

Las habitaciones se reducían cada día más ante la falta de dinero y voluntad. El fondo inevitable se hacía esperable. El final no tenía ese color negro de una luz que se apaga con el toque de un interruptor. Más bien era un gris que se oscurecía y en su tétrico camino quedaban dientes, uñas, cabello, piel, sangre y pus. No temía morir, lo que no soportaba era esa nausea, el sinfín de dolores y malestares. La ordalía de la salud había fallado en contra de él hacía mucho, pero la pena tardó en llegar en toda su magnitud.

Si su premisa era que tomaba heroína porque lo hacía sentir invencible, aún en aquellos momentos donde la fría mano de la muerte lo acariciaba desde los supurantes aguijones, ahora sólo lo tornaba temporalmente insensible. La conclusión se hacía obvia en su estado deplorable: había que dejarla. Admitirlo era el primer paso; para todos los siguientes sus solitarias zancadas no alcanzaban. Se contactó con Flea y le informó su decisión. Temiendo una vuelta atrás, el bajista se dirigió lo más rápido posible hacia el hotel, fuera cual fuera, en el que aquel ser estaba muriendo física y mentalmente.  Lo sacó de su habitación y lo acompañó en un truculento viaje hasta la clínica de Pasadena donde se recuperaría luego de casi un año de rehabilitación.

Desde aquel momento, la vida de Frusciante tomaría otro rumbo. Uno que ya conocía, que había olvidado, ese mismo marcado por un compromiso con la música por el que había practicado 15 horas por día antes de ingresar a la banda que signaría su trayectoria.

Volvió en sí y para sí como lo demostró su prolífica carrera con su retorno a los Red Hot Chilli Peppers (que abandonaría en mejores términos que antes en 2009) y en solitario, superando el fin inmediato de costearse vicios (una de sus primeras resoluciones una vez fuera de la clínica sería quitar de circulación sus primeras dos placas). Emulando la capacidad creativa de su ídolo juvenil, David Bowie, y no sólo sus adicciones, más allá de su contribución a Californication, By the Way y Stadium Arcadium de los Red Hot, lanzó tres discos en el 2001, cinco en el 2004, otros 17 hasta la fecha y aún contando. También colaboró en numerosas ocasiones con grupos como The Mars Volta y Ataxia, entre decenas. Los ángulos no alcanzan para describir el rotundo giro de Frusciante ni de la cantidad de sus producciones.

Tal vez no sea el final que necesite esta historia, tal vez deje demasiados cabos sueltos. ¿Qué ocurrió con las voces? ¿No tuvo recaídas? ¿Superó su aversión a la fama? No tengo respuesta a esos interrogantes. Ya escuché esos discos que no quiere que nadie escuche. Ya avivé lo suficiente aquella llama alrededor de problemas demasiado personales de los que el protagonista no quiso detallar demasiado una vez superada su adicción. Ya salé la herida más de lo que debería (pocas veces escribí algo que no pretendo que lea su protagonista). Supongo que todos somos adictos, y que Frusciante sigue siéndolo… sólo que a la música, refugio de titanes y modestos, a la composición de melodías y armonías con su voz quebrada y feroz, fruto de haber emergido desde lo profundo de su propio ser. Ese ser y no parecer.

 

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