99 Años en el Penal de Folsom

Por Dante Malaspina

Johnny Cash y su mítico show en la cárcel de Folsom desde los ojos y vida de un prisionero

Johnny Cash, nervioso, dejó la guitarra, tomó el vaso de whisky y salió de la habitación del motel. Seguramente no era el mejor de California, aunque apostaría que era el mejor de Folsom. Al menos tenía un colchón y un minibar lleno , que a las pocas horas de su llegada, había visto reducidas sus reservas a una pila botellas vacías y un atado de Lucky arrugado e inconcluso. Quiso prender el trigésimo cigarrillo del día, pero el testarudo encendedor había tenido, al igual que él, una decadente carrera en los últimos años y su funcionamiento elusivo lo dejó con el deseo en la boca.

El Reverendo Floyd Gressett llegó al motel pasadas las doce. Suponía que su amigo se refugiaba en alguno de los cuartos donde tantos pecados habían sido realizados y concebidos. Detrás del mostrador de la recepción, el encargado del establecimiento le indicó orgulloso el número del cuarto donde se alojaba: “¡Johnny Cash! Una verdadera celebridad en la zona. Tal vez no nos haya hecho la mejor fama con el Folsom Prison Blues, pero fama es fama. Y es buena para los negocios”, reflexionó con una sonrisa, antes de arrojar un remate nostálgico, “Lástima que ya no se escuche tanto su country en las radios como antes”. El cura subió las escaleras. Al fondo de un pasillo de puertas cerradas, vio el duelo de Dios contra los vicios del cantante, donde ganaba con el cigarrillo y perdía con la bebida.

Cuando lo tuvo enfrente, el hombre de religión le arrebató el cigarrillo que colgaba apagado de sus labios con un gesto infantil y lo saludó en tono discordante: “Sabés que algún día te va a matar todo eso, ¿no, Johnny?”. A lo que Cash le retrucó con una sonrisa: “Usted me conoce reverendo: Dios los cría y yo los junto. Además, mejor dos que tres. Ya dejé las pastillas. Todo me tiene suficientemente nervioso últimamente como para empeorarlo”, ambos rieron por lo bajo y entraron a la habitación.

La conversación no habrá sido una confesión, pero sí un desahogo. No era la primera vez que iba a tocar en una prisión, pero era la primera vez que eso se iba a grabar y publicar. Y lo sabían. Sin embargo, Floyd lo tranquilizó, como supo hacerlo en el pasado: “Es lo correcto. No es más que darles un poco de entretenimiento a las almas confinadas. Prisioneros y guardias. Cuando tengas dudas arriba del escenario, acordate que el edificio más alto de la prisión es la capilla”.

Luego de un silencio, que Johnny aprovechó para volver a revolotear sobre las mismas inseguridades, el reverendo prosiguió con voz seria: ya que vos te confesaste…, bueno, técnicamente…, interrumpió Cash sonriendo. El reverendo frunció el ceño, molesto, …bueno, lo voy a tomar como una confesión. Te decía. Ya que vos te confesaste, yo también voy a hacerlo. Te tengo que pedir un favor. No es para mí. Vos viste cómo te estiman ahí adentro. Tu famoso Folsom Prison Blues les dio la idea de que cumpliste un tiempo adentro, y te respetan por eso, aunque vos y yo sabemos que Dios encomendó tu camino. Más allá de algunas intervenciones del Diablo – agregó arqueando la ceja derecha. Johnny lo miró fijo: lo que sea, reverendo. Dígalo, no más. Hay un recluso – continúo Floyd – fanático del country y, particularmente fanático de tu música, que está retomando el buen camino. Me pidió si te podía hacer llegar una canción que escribió. La verdad que significaría una señal muy directa si vos la tocas mañana en la prisión. El cura revolvió uno de los bolsillos de su sotana y le extendió un pedazo de papel arrugado, firmado por un tal Glen Sherley.

Johnny Cash tomó el papel. A su tacto parecía arcilla, rígida pero arcilla al fin. Miró la métrica, analizó la rima, la tarareó por lo bajo, se imaginó a sí mismo tocándola. No cuadraba. Demasiadas pausas, no era su estilo. Sin embargo, se dio cuenta en un instante que a la escena que se estaba fundiendo en su cabeza le faltaba algo. Ya no se trataba solamente de la canción. Las paredes grises de la penitenciaría, las ventanas enrejadas, los guardias estoicos, los bancos y las mesas apiladas en un rincón de la cafetería para hacer espacio, todo eso daba lo mismo. Pero él no había ido hasta ahí por eso, sino por los espectadores. Sus pasos lo habían conducido a Folsom por el público particular de ese recital, los convictos. Se imaginó la ansiedad dibujada en sus rostros, a pesar de haber sido avisados unos pocos días antes del evento, finalmente sosegada. Y un rostro con facciones múltiples, desconocidas, pero igual de tangibles: el de Sherley, conmovido ante sus propios versos, con la repentina seguridad de que serían escuchados por el mundo entero.

Cash reafirmó su promesa a Floyd, pero sólo bajo una condición: “Glen tiene que estar en la primera fila. Voy a tocar su canción pero NADIE tiene que decirle nada. Pido absolución reverendo, pero tengo que hacer algunos cambios a la melodía. Juro no modificar la letra.” Cerrado el apremiante asunto, despidió a su viejo amigo. Dio el último trago a su vaso de malta y comenzó a ensayar la obra de Sherley: Greystone Chapel.

Al día siguiente, con tensión y fatiga  acumulada por igual, ingresó a la prisión con su amada novia, June Carter, y su banda The Tennessee Three, compuesta por Luther Perkins en la guitarra eléctrica, Marshall Grant en el bajo y W.S. Holland en la Batería. Los controles se hacían interminables, endurecidos aún más debido al revólver de reparto que tenía Grant en la funda del bajo. Con sólo pisar la cocina entendieron que todos los procedimientos no habían sido en vano. Las penetrantes miradas de sujetos a los que se le había dado el don de la duda y eventualmente se les había revocado, los esperaban del otro lado de las custodiadas puertas.

Podía sentir la tensión en las piernas mientras subía al escenario. Tal vez no había sido una buena idea del presentador que el público uniformado se contuviera hasta oír su presentación. Tal vez no había nada que contener. Quizás simplemente era demasiado. No lo supo hasta que su voz grave resonó con potencia en el recinto: “Hola, soy Johnny Cash”. Parecía que toda la fuerza de esas prisioneras miradas se desataba en un aullido de paradójica libertad. Las cuatro paredes sucumbieron ante los gritos de los reos y los estertores de los guardias. Entre tantas caras desfiguradas por la desacostumbrada euforia, una destacaba sobre el resto, brillando con un asombro indisimulable ante las palabras de presentación. Sus ojos que se abrían de par en par intentando conciliar el saludo de aquel hombre de negro con la realidad que dejaba en evidencia: Johnny Cash finalmente había llegado a Folsom. Glen Sherley no podía creerlo.

El prisionero se sintió aún más confundido cuando comprendió el acto divino en las manos de su ídolo. Su terca composición convertida en una obra de arte por el propio Johnny Cash, aquel que lo introdujo al country, y que ahora le abriría tantas oportunidades.

Las abundantes ventas del disco Live At Folsom Prision en mayo del 68 contribuirían a revivir la amesetada carrera del cantante. El nombre del prisionero que había creado la canción con la que cerraba el afamado recital resonaba por todos los medios. Poco sabía Sherley acerca de la importancia que iba adquiriendo su nombre en el mundo que se elevaba más allá de las rejas. Su sorpresa fue inmediata cuando le ofrecieron componer una canción para Eddy Arnold, otro de sus referentes, al que seguía desde hacía años. El éxito de las performances de Arnold llevaría a que dos años más tarde, ya trasladado de Folsom a Vacaville, Glen Sherley se convirtiera en el primer convicto en grabar un concierto en prisión, superando en forma excéntrica a su mentor.

El contacto con este último era todo lo fluido que se lo permitía su condición. Las correspondencias iban y venían, señalándole a Cash un anhelo de libertad y una voluntad de renovación que veía en muchos de ellos. Desde su posición poco podía hacer más allá de pregonar por la reforma penitenciaria. El foco de los medios se posaba sobre Sherley y sus tonadas de entre rejas. El trovador vio en él algo más. En ese convicto estaba la posibilidad de demostrar la redención desde la creación y no desde el escarmiento.

Probando su condición de figura para y por el público -y probablemente otras conexiones que desconocemos-, Johnny Cash logró un permiso de liberación temprana para Glen tras reunirse con el entonces gobernador de California y futuro presidente, Ronald Reagan. Tras la ardua lucha, Sherley finalmente fue liberado. Sin más preámbulos, ya se conocían hace casi tres años, su libertador lo invitó a salir de gira junto a The Tennesse Three y June Carter, la misma formación que había pregonado el fin del principio de la historia de Sherley… O eso creía. La vida fuera de la prisión probó ser tanto o más complicada que como lo había sido antes de ingresar a ella. La violencia y las drogas lo acompañaban junto con su flamante libertad, sacudiéndole la incomodidad que le generaba ese pensamiento filosofista que profesaba : “(¿) Mi libertad termina donde empieza la del otro (?)”

Sólo Cash, y en contadas ocasiones, se atrevía a enfrentarlo en calidad de protector. Los integrantes de la banda evitaban cruzarse en su camino siempre que las circunstancias se lo permitían. Sin embargo Sherley no dejó pasar la oportunidad de dejar sus intenciones en claro cuando Marshall Grant, el bajista, quiso indicarle que su modo de hacer las cosas entorpecían la gira. Con una amplia sonrisa el ex convicto contestó: “Te amo como a un hermano pero, ¿sabes que me gustaría hacerte realmente?”, guiñando un ojo encendió un cigarrillo y prosiguió, “lo que realmente me gustaría hacerte es agarrar un cuchillo de carnicero y empezar a cortarte todo hasta que no quede nada. Me gustaría drenarte hasta que la última gota de sangre de tu cuerpo caiga al suelo.” El mensaje había quedado claro. Bastante claro. Greystone Chapel había pasado de moda, la redención también.

Grant, consternado y con una amenaza cernida como un cuervo sobre su mente -y su cuerpo-, no dudó un segundo en plantearle la situación a Cash. Las circunstancias ya no eran las mismas. Lo que se había presentado como una oportunidad redentora se había convertido en una promesa de muerte. El líder de la banda escuchó atento y contestó sereno: “Entiendo lo que te preocupa Marshall, lo entiendo. Deja que yo me encargue”.
Esa misma noche, una conversación cambiaría el rumbo de la gira. Las siluetas de Johnny Cash y Glen Sherley se dibujaban como sombras bajo el umbral de la puerta de habitación del Motel donde pasarían la noche. Los testimonios de pocos y curiosos espectadores hablan de un recital de melancólicas acusaciones y resignaciones. Sólo se pudieron rescatar unas pocas y laberínticas frases, y dos imágenes infinitamente distanciadas por pocos segundos. Un agradecido abrazo fraternal de bienvenida, un manco brindis sin salud, y una frase de Sherley: “Comprendo, lo que no entiendo es; ¿Cómo es que puedo comprender todo lo malo que me ocurre y no todo lo bueno? ¿Por qué tanta lucha por un desgraciado?”. Le siguió el silencio de dos vasos vacíos. Un frío entrelazamiento de cuerpos, fue el prólogo del fin de una historia a la que Cash concluiría con un súbito parafraseo: “Dios los cría, yo los junto… pero ustedes deciden qué hacer”.

Pero la historia nunca termina con un adiós. Todos lo sabemos. Johnny Cash lo sabía y por eso no se despidió esa noche. Los rumbos de la vida llevaron a Sherley por corredores difíciles de transitar. Jamás perdieron el contacto, la fuerza que había cruzado sus caminos en Folsom permanecía intacta y las cartas siguieron volando de un buzón a otro cada tanto. El Hombre de Negro nunca tomó lo ocurrido como una decepción, como un fracaso o un error. La lucha de Cash por la reforma penitenciaria es una realidad que atravesó toda su vida. El punto final de esta historia está, como no podría ser de otra manera, en un entierro. El suicidio de Glen Sherley a finales de los ’70 señaló la despedida. Johnny Cash se hizo cargo de los gastos del funeral, brindó en su nombre con la banda, encendió un cigarrillo y se alejó de la tumba susurrando un viejo tema: Ninety nine years in the Folsom pen, Ninety nine years underneath that ground.

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