Jugando con Agua: Facundo Jofré Presentó La Corriente del Niño en La Tangente

Por Dante Malaspina

El mendocino Facundo Jofré presentó su último álbum de estudio en Buenos Aires. Un recital en el que “La Corriente del Niño” condujo al público por surrealistas aguas idílicas, en un viaje hacia la infancia, donde jugar no era cosa de niños

A unas pocas cuadras de Plaza Serrano se erigía la sala donde el mendocino Facundo Jofré presentaría su tercer placa: La Corriente del Niño. Mientras apuraba los pasos, compensando el cansado caucho de la línea 55, rememoraba en mi cabeza la fuerza de dicha corriente, sin olvidar su idílica impronta, preguntándome cómo se conjugarían semejantes cualidades frente a mis ojos.

Ni bien arribé al espacio de La Tangente, a su lujosa y tenuamente iluminada sala, me encontré con el primer artista de la noche: Juan Forche. Las luces lo enfocaban cantando un endemoniado tango acompañado por sus colegas en batería, teclado, bajo y el virtuosismo de un joven guitarrista que supo conjugar agudeza mental y estilística. Luego de esa primera pieza bien porteña, poco podía imaginar la variedad que lograrían plasmar sobre el escenariopasando sin ninguna timidez, como lo demostraba el histrionismo barrial del mismo Forche, por ritmos reggae, románticos, y hasta rozando lo murguero.

Todo parecía que iba a terminar de golpe, como había arrancado pero mientras su conjunto se retiraba, el líder permanecía con los pies sobre la plataforma. Su cara y tono de voz instantáneamente se volvieron más solidarios y humildes, cualidades necesarias para interactuar con Facundo Jófre. Mientras el mendocino saludaba sin palabras, con una serena sonrisa como si contemplara un brillante paisaje que fluye hacia el horizonte, Juan nos dirigía mensajes fraternales de su estadía en Mendoza, del acogedor trato hogareño que recibió allí por parte de Facundo.

Y, así nomas, el dúo comenzó a tocar una bella balada. Forche entonaba una pregunta etérea al paisaje de cabezas ralas “¿A dónde Irás?”, mientras Jofré lo hacía sin voz, sólo con las caricias de su excéntrica guitarra de doce cuerdas. Las palabras a veces nos hacen olvidar el placer de la simple imagen, esa que Juan y Facundo nos dieron con un  vivo abrazo de despedida, y un “nos volveremos a ver”.

El mendocino anunciaba su retirada momentánea del escenario ante los atónitos rostros del auditorio, siendo que recién ingresaba en él, dejándonos con una agridulce música ambiental. Peco de ignorante, suelo hacerlo. El ritual del desarme y arme se desenvolvía frente a mí, algunos lo tomaban como una transición, un mero devenir en un futuro melódico, pero otros podían ver la armonía detrás de la danza fustigada por el tiempo muerto, tan vivo entre charlas y tentempiés de las mesas aledañas. Jofré dirigía la comparsa, un artesano cuyos dedos movían cables e indicaban posiciones. Todo con un leve toque de hombro, un por favor, y un gracias.

Un mutuo gesto de aprobación a la cabina de sonido dio pie a un cuento relatado por la dulce voz de Facundo Jofré que rasgaba serpenteantes cuerdas, por el mastil romo de un bajo a cargo Javier Guajardo, y por último, por Lautaro Estela con el control de las insoslayables percusiones.

El cordillerano trovador, acompañado de sus oriundos, largó con Silencio Anden, rememorando su primera placa. El auditorio se vio envuelto por los armoniosos punteos de guitarra a medida que acostumbraba los oídos a la dulce voz de Jofré acompañada por una incipiente batería. Esta dupla, segundeada a su vez por el bajo, crecía hasta estallar en un aullido que clamaba por ¡Aire!, dejándonos una duda ante tal fuerza: ¿Dónde se encontraba ese Saint Exupery musical? ¿Dónde hallar ese Principito oído en su último album?

La Corriente del Niño se acercaba con toda su energía, sólo hacía falta esperar un poco.

Las luces se posaron sobre el primer invitado de la noche: el violinista Juan Cravenna. Con los finos hilos raspados del violín, Jofré nos puedo dar la respuesta a esa pregunta y muchas más con Es Andar. Luego de un calmo juego de baterías, los lamentos de las tensas cuerdas rozadas por el arco se batían a duelo al grito esperanzador homónimo de la canción. Pocas cosas pueden ganarle a la sinceridad, cualidad imperante en el corazón y menospreciada por la razón, y Jófre lo demostraría esa noche una y otra vez.

El violinsta se retiró. La duda ya había sido despejada y sólo quedaba una cosa que hacer: jugar. Así lo dejó establecido el cantautor cuando nos invitó a improvisar un lúdico beatbox al son de un “cuchiquicumcha”. La corriente del niño ya nos arrastraba, transformándonos en parte de ella con una canción que sudaba amor paternal.

El silencio dio lugar a un espacio que sería llenado por Vacío. Las cuerdas dominaron el suave clamor. El baterista, lejos de los parches, tomaría las riendas de la extraña guitarra de doce cuerdas, revelada como un Tiple Colombiano. La deliciosa armonía que se deslizaba por sus dedos hacían inevitable un vaivén desnivelado de cabezas. Las manos del baterista demostraban por contraste la soltura y la cadencia de los dedos del protagonista de la noche.

Una robótica voz radial nos presentó al artista Salvador Dalí y a su Retórica de los Necios, a la que se opondría la humanidad de un surrealista folklore envuelto en una neblina roja tintineante. La Deconstrucción allanó el paso a la pasional humareda, agregando un toque de jazz al incipiente chamamé, optando por un formato acústico.

El Tren de las Siete anunciaba algo más que su horario. El tiempo del tango había llegado de la mano de Leonardo Labriola y su melancólico fuelle, al que se sumaría Victoria Jofré para el menguante coro. La tristeza de la canción se había clavado en lo hondo del público y, a riesgo de expandirse aún más, el acordeonista improviso una furiosa chacarera, acompasada por los pares de aplausos y los instrumentistas que se adaptaron rápidamente. Un momento tan efímero como descontracturante que marcó un necesario subidón para llegar a El Sereno, que nos haría bajar nuevamente sólo que a verdes prados y no a una eterna estación solitaria y fría. El violín, otra vez sobre el escenario en las mismas garras, ya no daba batalla sino que buscaba la amistad de la naturaleza y de sus compañeros melódicos. Un paisaje contado con perfecta métrica y simetría.

La corriente del niño había empujado muy fuerte ya, resistirse era en vano, era abrazar una indiferencia ante un afluente de expresiones y percepciones conjugados en una paleta impresionista: el público pedía un obligatorio bis. Lo quería como un chico quiere su juguete, para imaginar con él otro final. Así fue como llegaron Los Niños. A un comienzo solitario, protagonizado por Jofré y su fiel compañera de finas cuerdas, sucedió el momento del encuentro, en el que todos los invitados y el resto de la banda coparon el escenario dispuestos a jugar un rato más.

Entornadas las luces, un abrazo fraternal de Facundo y Victoria Jofré condensó una noche y una sensación: la de retrotraerse y revivir ese niño que sueña, crea y quiere sin límites. Un tiempo donde elefantes y serpientes se entrecruzan y los sombreros quedan fuera de la escena.

 

 

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