No todos los caminos conducen a Roma

Por Alejo Ruiz y Manuel Stein

“Soy tu voz, sos mi ritmo en el tambor
La tormenta, los acantilados y el frío del sur
ya no es lo mismo con vos”
Acantilados

Unos meses atrás, la enorme noticia de que me iba a encontrar cara a cara con la legendaria Patti Smith en una conferencia de prensa ―que terminó pareciéndose más a una clase de historia, literatura y humanidad que a una estereotipada rueda  de prensa― se me presentó como un pasaje gratis para realizar un viaje musical que me debía desde hace años, para deslizarme por el horizonte del prepunk, de la poética poderosa y la voz desgarradora de una de las artistas más importantes del siglo XX.

El recorrido que comenzó una mañana con Horses —álbum debut de la abuela del punk— me fue llevando por los laberínticos caminos de tinta de la prensa internacional. Fueron largas noches de lectura con una banda de sonido infinita. Los discos de Patti se sucedían uno tras otro, las entrevistas que alguna vez dio se amontonaban como moscas en pestañas infinitas dentro la pantalla de mi computadora. Las canciones se repetían y las letras resonaban cada vez con más fuerza. Intentaba nadar en ese mar, a toda velocidad, sintiendo que me hundía, agitando olas con los brazos, sumido en un éxtasis desesperante. Revolviendo el pasado, augurando un futuro. Pero como si me succionara desde el pecho, devolviéndome a la superficie de un doloroso tirón, una frase hizo que el torbellino dejara de girar.

Recuerdo ese momento como si lo estuviera viviendo. La madrugada todavía no rasguñaba el cielo. Un cigarrillo se terminaba de consumir, olvidado hace tiempo, en un montículo de colillas. De fondo el sonido en suspenso de Break it up. Delante de mí una entrevista realizada por el periódico Los Andes a la escritora Rosi Bernás, con motivo de la publicación de su libro Patti Smith: poesía y distorsión. Luego de una revisión introspectiva de su nueva producción, la escritora, al ser interrogada por la influencia de la artista norteamericana en la música, arriesga una serie de nombres que resuenan en el ambiente actual…Karen O. … PJ Harvey…y agrega…de Argentina podría ser Marina Fages.

¿Quién es?¿Por qué no la conozco?¿Por qué nunca nadie me habló de ella? Las preguntas se amontonaban en mi mente cansada. Olvidé la travesía en la que me encontraba desde hacía horas. Simplemente dejé todo lo que estaba haciendo. Minimicé las mil quinientas ventanas que saturaban mi computadora y abrí Spotify. Encendí otro cigarrillo y me dejé llevar.

Así fue como conocí Madera Metal. Así fue como me sumergí por primera vez  en el universo de Marina Fages, masticando a cada tramo la paráfrasis que lo detuvo todo esa noche… la Patti Smith argentina. Curiosamente nunca me volví a preguntar si la comparación guardaba algún grado de veracidad y cada día encuentro menos sentido a detenerme en eso.

El álbum debut de Fages es delicado y poderoso al mismo tiempo. Una llovizna de verano que deviene por momentos tormenta eléctrica. Una voz aniñada, profundamente honesta, y una guitarra sutil, alucinantemente penetrante. Esos son los dos ingredientes que darán forma a la pequeña pieza de arte en la que lo experimental se suspende como un péndulo entre versos que recorren, cortando, las etéreas profundidades.

Podría pasarme horas hablando acerca de cada uno de los instantes invernales que componen estos hermosos treinta minutos de reposo frente un fuego que no espera que amaine para avivarse. Intentando explicar el carácter compositivo de un disco que explora horizontes diferentes, jugando con el sonido, saltando desde delicados Acantilados para resurgir en una alborotada mañana en la que el alma no puede sino sonreír ante el sonido de un contrabajo que responde a un Buen día te quiero.

Sólo puedo decirles que Madera Metal merece toda nuestra atención. Media hora de calma y silencio para saber apreciar la perfecta transición de Hechizados a la canción que lleva, como bandera, el nombre del álbum. Para entender que hay formas de traducir el silencio en canción. Para hundirse y resurgir cientos de veces de la mano de Marina Fages.

Lo que comenzó como un debut discográfico en 2012 se transformó completamente en 2015 con Dibujo de Rayo. Un segundo disco de estudio en el que todos los tintes rockeros, protopunkistas, de oscuras y tenues tonalidades que se dejaban ver levemente explotaron al mismo tiempo.

Esa música compacta, folk, en la que la viola era el único acompañamiento sufre una expansión alucinante, dando lugar a un sonido que no busca conocer límite, ni género alguno. El proyecto es al menos extraño, parecido a un subibaja. Pero es cierto que no todos los rayos son iguales, ni vibran de la misma manera.

Marina Fages parecía tener más que claro que no todos las descargas eléctricas de una tormenta impactan en el suelo de la misma manera, entonces ¿por qué la batería debería retumbar siempre bajo la influencia de las mismas manos? Por eso es que, nuestra querida Fages, decidió convocar no a uno, sino a siete bateros (Fernando Samalea, Lucy Patané,  Walter Broide, Juan Manuel Ramírez,  Doctora Muerte, Camilo Carabajal y Sergio Verdinelli). Lo cual, si tenemos en claro que estamos hablando de doce tracks, parecería ser más que suficiente.

Pegando un salto, alejándose de su versión solista, su EP con Chicas de Humo ―Ella, Lucy Patané, Lu Martínez y Sasha Sathya― es simplemente uno de los mejores discos de rock argentino de los últimos años. Bajo, guitarra y batería. Sencillo, crudo, contundente e implacable. Sus menos de 25 minutos son mas que suficientes para sacudir la gris película de polvo que cubre al rock de cartelera actual.

La palabra fuerza se dibuja en mi cabeza cada vez que escucho Lo mejor de mí. “Esto es groso” fue mi sentencia antes de haber alcanzado el minuto de reproducción.

Un riff con la imponencia de un coloso irrumpió haciendo retumbar sus pasos en mi cráneo. Las estrofas suavemente cantadas sobre aquella base tensaban la fina superficie que a duras penas lograba contener la ola que se alzaba frente mis oídos. No había dudas de que tenía que escuchar el EP completo.

El pie se movía, la frente asentía, los dedos tamborileaban… Sí. Definitivamente no iba a ser la última vez que lo escuchara.

La guitarra en su lugar, un bajo arrasador y una batería que sabía contenerse para luego soltar toda su verborragia en el momento justo, se conjugaron para materializar el cambiante escenario sobre el que bailaría la voz de Marina, acariciando y desgarrando con suavidad y violencia por igual.

Lo comprobé una vez más. El rock vive.

Llevo tiempo escuchando estos discos ahora. ¿Cómo llegamos hasta acá? Ah, sí. Una noche, la abuela del Punk, una entrevista y un atado de puchos consumiéndose solos sobre la mesa. La mística fusión en que la música trasciende las fronteras. Lo experimental. El punk, lo ancestral, una cantautora argentina. Marina Fages.

En esa travesía que comenzó como una entrega a la magia de Patti Smith, en una caminata por pagos lejanos, los caminos me alejaron de la capital del imperio. Sin saberlo, sin detenerme a pensar hacia donde avanzaban mis pasos. Fue la música la que una vez más logró demostrarme que si todos los caminos conducen a Roma, quizás el desafío real es darse vuelta y comprender que la culpa no es del sendero, sino del que toma la decisión de morir en el centro o volar hacia los márgenes para echar un vistazo a todo el resto del mundo.

 

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