Un año sin sol ni luna

Por Dante Malaspina

La superbanda Mad Season, formada por integrantes de Alice in Chains y Pearl Jam, demuestran que la locura puede inducirse y ser inducida

La súper banda Mad Season nos presenta a lo largo de su único álbum Above las huellas en el camino de la sobriedad que nosotros trataremos de seguir encarnados en la piel de la dependencia a través de recursos impropios de la escena del grunge, pero con la misma fuerza.

La banda formada por Mike McCready, guitarrista de Pearl Jam, Barrett Martin, baterista de los Screaming Trees, y John Baker Saunders, bajista de The Walkabouts, se constituyó una vez que los tres salieron de rehabilitación. Al poco tiempo el guitarrista sumaría a Layne Stanley, cantante de Alice in Chains, con con la convicción de que lo ayudaría a salir de su adicción a la heroína.

 

 

A lo largo de toda la obra el conjunto hace uso preciso de los intervalos de silencio, dándole su propia acepción a la palabra. No es un vacío despreciable a la audición, es un momento de introspección donde aquellas vibraciones emitidas por nosotros tienen un valor mucho mayor y consciente que las adquiridas por el difuso exterior. Ejemplo preciso de ello son las primeras notas del bajo ultrasaturado en Wake Up que nos introducen a un ambiente de sobriedad sombría donde la voluntad de Stanley adquiere palabras a medida que avanzan los segundos. Dichas palabras se encuentran acompañadas por los punteos de McCready que intenta seguir en vano las desniveladas vocalizaciones creando algo único y disímil. El cantante sacude su propio cuerpo aguijoneado y hundido en brea instándolo a despertar de su fantasioso letargo. Primero lo hace con toda la suavidad de una madre esperanzada para luego estallar en un llanto de preocupación: es una infección no una fase. Llanto cuyas lágrimas caen en los parches de la batería salpicando con los golpes al resto de los instrumentos. Todo termina como empieza en esta temporada de locura y el bajo nos marca la salida por la boca de esta serpiente extasiada solo para ver que vuelve a comenzar.

De eso se trata el disco, un viaje hacia un deseo curtido de una voluntad resignada donde Stanley caerá mil veces para ser levantado mil y una por el guitarrista de Pearl Jam con sus rasgueos etéreos perdidos en cuerdas de seda. Siempre con la ayuda de un bajo casi imperceptible llenando de silencio los intervalos más angustiantes y de una batería de temples precisos y firmes demostrando que no sólo en lo musical lleva el ritmo. Todos los miembros se conjugan en un ritual de iniciación donde el impulso hacia una nueva vida se encuentra plagado de contradicciones.

La nube rosa a la que nos transporta River of Deceit a través de los susurros graves de las cuatro cuerdas y de las soñadas vocalizaciones resaltadas por un punteo celestial y armónico de los hilos más finos de McCready; rápidamente se descompone en los pensamientos más lucidos de I’m Above y Artifical Red donde se destruyen deidades y humanidades con fatales golpeteos de la batería construyendo in crescendo un destino lúgubre que termina de marcar la guitarra con potentes acordes. Siempre sin olvidar la impronta de Seattle en I Don’t Know Anything y en Lifeless Death donde Stanley, llevado por la corriente arrasadora del río de furia, no tiene más opción que calzarse él también una guitarra distorsionando sonido, realidad y silencio por igual.

Una obra de grunge que se distancia del mismo en los últimos tres tracks en los que la voz de Layne se desvanece paulatinamente para tomar la guitarra en esta nueva vida. El primero de esta tríada, Lone Gone Day, introduce a Mark Lanegan, cantante de Screaming Trees, en una neblina soporífera donde contrabajos, saxos y vibráfonos se despiertan de una larga resaca acompasado por la única guitarra acústica de todo el disco. A ella le sigue la zapada instrumental de November Hotel donde ya sin voz, el cantante discute a la par del virtuosismo de McReady mutando constantemente las bases a las que se adaptan la batería y el bajo. Por último Stanley nos abandona solitario y cabizbajo en All Alone, única frase que armará a través de dulces estertores entre una disonante guitarra que le cuesta abandonar las notas así como a su compañero del disco, esperando que en este ciclo de temporadas esta vez despierte de la pesadilla.

La serpiente siempre come su propia cola, pero su cuerpo no necesariamente crea un círculo. Puede ser zigzagueante entronando en un mismo movimiento un brutal grito de ayuda en un pozo de reincidencia y una apacible tranquilidad. Una obra que marcó el pico de la carrera de muchos artistas, o tal vez sin llegar al pico por lo menos fue una escalada en una montaña diferente, una pendiente que temía transitar en soledad un amigo.

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